domingo, 19 de febrero de 2017

Críticas de Cine. ‘La gran Muralla’: Matt Damon, improbable héroe

Cartel en español de 'La gran muralla'

La cinta cuenta la historia de una fuerza de élite que defiende con valentía la estructura más emblemática del mundo para la humanidad. La primera película de Zhang Yimou, rodada íntegramente en inglés, también es la mayor producción jamás rodada en China. Acompañan a Matt Damon en el reparto Jing Tian, Pedro Pascal, Willem Dafoe y Andy Lau.

Ser la película más cara de la historia del cine chino, no quiere decir que ese dinero haya sido bien invertido, luzca en pantalla o tenga una justificación artística más allá de los réditos taquilleros..

'La gran muralla', es una hamburguesa yanqui hecha en China.

Su mayor ventaja reside en la presencia detrás de las cámaras de Zhang Yimou, la elección más lógica para llevar un inmenso buque lleno de fugas a buen puerto. O... algo parecido.

El talento artístico de Yimou se aprecia en cada fotograma de la película, que exalta la cultura china (con excesivas licencias, hipérboles y, también, fabulaciones sin pies ni cabeza) y ofrece un espectáculo lleno de acrobacias imposibles, que harían palidecer a Son Goku y compañía.

Como (casi) toda cinta fantástica llegada del país más poblado del mundo, hay que ser muy permisivo y dejar en casa todo sentido de la lógica, abrazando el espectáculo con la nariz tapada y la neurona en stand by, con el fin de divertirse sin más.

Por suerte (paradójicamente), Yimou cuenta aquí con guionistas de Hollywood, y la historia, pese a ser simple y estar repleta de personajes planos (incluidos todos los protagonistas, con Matt Damon y su harto improbable héroe a la cabeza), intenta mantener el tipo y no irse por la tangente, costumbre en exceso cargante del cine fantástico llegado del gigante asiático.

Al final, 'La gran Muralla' no es más que una monster movie donde las cosas ocurren porque sí, y una horda de bichos de aseados (pero no maravillosos) Cgis se dedican a atormentar a un ejército milenario de élite que, al parecer, necesita la ayuda de un mercenario mindundi y su traicionero amigo, porque en cientos de años no han sabido invertir tanta sabiduría en un plan de ataque marca Acme.

Un consejo para ver 'La gran Muralla': olvídense de todo lo que no sea ensartar pinchos morunos de lagartos cabreados.

Olviden que todo lo que pasa ya lo han visto; olviden que esta o aquella escena no se la creen ni en la China; olviden que hay mil razones para alargar esta crítica haciendo sangre, pero una para no hacerlo: si en Hollywood han engrasado su maquinaria cinematográfica de epic fails... ¿por qué no van a querer lo mismo en China?

Lo mejor: el colorido made in Yimou.

Lo peor: no aporta nada.

Por: Eduardo Bonafonte Serrano.

Críticas de Cine. 'Últimos días en la Habana': la vida es un viaje

Póster en español de Últimos días en la Habana

Centro Habana, el corazón de La Habana de hoy. Miguel sueña con huir a New York, a la espera de un visado que no llega. Diego sueña con vivir. Postrado por el SIDA, libera toda su energía desde el camastro del solar en que vive. Una galería de sugestivos personajes rodea a la pareja de amigos. Cuando llega una sorpresiva visa, el destino colocará a todos ante una inusitada decisión.

La vida es un regalo. A veces envenenado, impredecible, demoledor.

Otras tan precioso que nos cuesta pensar que el ciclo tiene un principio, pero también un final que nos llega a todos.
Inapelable, innegociable, tan inexorable como el día y la noche.

'Últimos días en la Habana', es un canto a la vida, pese a todos los baches que coloca en nuestro camino.

Pese a las condiciones de lucha diaria en la Cuba de Castro; pese a los rigores de tener muy poco y lucharlo cada día como si fuera el último. En las peores condiciones, el ser humano aprende que la vida es... como cada uno quiere que sea.

Unos desearán vivirla hasta el último aliento, aunque la enfermedad les posea y les arrastre al ocaso, adelantando un reloj que nunca para; otros persiguen un sueño quizás inalcanzable, mientras el pasado les atormenta, el presente les aplasta y el futuro se revela incierto.

El moribundo pero dicharachero Diego y el apesadumbrado Miguel (excelentes Jorge Martínez y Patricio Wood) son dos caras de la misma moneda.

Dos maneras opuestas de ver la vida.

Uno lo hace consciente de lo absurdo, de lo efímero que es nuestro pulular por este mundo, y lo importante que es vivir hasta el último aliento, buscando una sonrisa como si fuera oro; el otro espera, piensa, planifica; intenta que las imposibles circunstancias no le arrastren a un oscuro lugar de donde jamás regresaría.

Entre medias de estos dos sublimes personajes, que derrochan sinceridad, el director Fernándo Pérez despliega unos secundarios que completan el mosaico de humanidad de la película. Personas que no tiran la toalla, que buscan en lo más hondo de su interior una razón para seguir levantándose por la mañana, aguzando el ingenio y la picaresca, pero también una generosidad que, para muchos a este lado del mundo, resultará ajena e imposible.

No os engañéis: la película es tremendamente realista, y a ratos os pondrá el corazón en un puño, y lágrimas en los ojos.

La vida es un viaje y, como en todo viaje que se precie, uno no vuelve igual que se fue.
Regresa con anécdotas, son sonrisas y lágrimas, con experiencias acumuladas que, inevitablemente, nos cambian. A veces a mejor, a veces a peor... siempre distintos.
Imposible no emocionarse con esta joya intimista. Si amas la vida, con sus innumerables encrucijadas, no podrás desligarte de la amistad de Diego y Miguel, ni el microcosmos humano que les rodea.

Otra maravilla que gozar en la Berlinale de este 2017, que ha arrancado con la fuerza del Séptimo Arte, en todo su esplendor.

Lo mejor: emociona sin endulzar.


Lo peor: demasiado real para el dormido Occidente. 

Por: Eduardo Bonafonte Serrano.

Críticas de Cine. 'El nacimiento de una Nación': escrito con sangre

Cartel en español de 'El nacimiento de una nación'

Ambientada en Virginia, en 1831, treinta años antes del estallido de la Guerra de Secesión y basada en sucesos reales, narra la historia de Nat Turner (Nate Parker), un instruido esclavo y predicador cuyo propietario Samuel Turner (Armie Hammer), que atraviesa por dificultades económicas, acepta una oferta para utilizar a Nat para someter a esclavos rebeldes. A medida que va siendo testigo de innumerables atrocidades –de las que son víctimas él mismo, su esposa Cherry (Aja Naomi King) y sus compañeros de esclavitud—, Nat liderará en una rebelión contra la esclavitud con la esperanza de llevar a su pueblo a la libertad.

Tristemente, la esclavitud en la historia norteamericana ha dado para muchos debates, escritos, programas, series y películas que, desde puntos de vista y resultados diferentes, han denunciado la barbarie que los blancos perpetraron contra los negros, desembocando en una guerra que alumbró la Tierra de las Libertades.

Hay que ser muy necio para pensar que a estas alturas ya no es necesario recordar tan terrible suceso, pues aunque la sociedad yanqui (y la occidental en general) ha avanzado, aún queda mucho camino por recorrer en este mundo lleno de miedo, odio, debilidad y paranoia.

'El nacimiento de una Nación' es tan dura, desoladora, descarnada, violenta, incómoda y contundente como debe ser. 

Lo mejor del filme del director, actor y guionista Nate Parker reside en despojar de heroicidad y 'encanto' (error que han cometido otras películas del género, pese a sus buenas intenciones de fondo) una historia basada en hechos reales tan atroces, innombrables y repletos de culpabilidad que deberían sonrojar a cualquier blanco de bien temeroso (o no) de Dios, a este o el otro lado de cualquier charco.

Pese al rigor de las imágenes (más de una revuelve el estómago), Parker compone una obra también inspiradora, magnífica, de enorme calado moral y certero discurso.

Por desgracia, la historia de la Humanidad, sus pasajes más repugnantes fueron, son y (mucho me temo) serán escritos con sangre. También con violencia, valor, coraje, esperanza y una inquebrantable fe (aquí cristiana, pero extrapolable a todas cuando se usan como motor) a prueba de cualquier calamidad humana.

'El nacimiento de una Nación', cala hasta el fondo, gracias a su inmersión de realidad, apuntalada por un diseño de producción sobrio y unas excelentes interpretaciones que ilustran las luces y sombras (ignorantes, cobardes sombras), que llevamos dentro.

Otro ejemplo de cine con mayúsculas.

Una pieza artística de obligado visionado, aunque este (espero y deseo, pues significara que algo hemos avanzado) nos provoque pesadillas, tuerza nuestra cara y nos recuerde lo viles, pequeños y patéticos que podemos llegar a ser.

Lo mejor: muestra el horror, que falta hace.

Lo peor: que los Oscar le den la espalda por criterios ajenos a la película.

Por: Eduardo Bonafonte Serrano.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Críticas de Cine. 'Manchester frente al mar': la mirada de un hombre roto

Póster de 'Manchester frente al mar'

Lee Chandler (Casey Affleck) es un solitario encargado de mantenimiento de edificios de Boston que se ve obligado a regresar a su pequeño pueblo natal tras enterarse de que su hermano Joe ha fallecido. Allí se encuentra con su sobrino de 16 años, del que tendrá que hacerse cargo. De pronto, Lee se verá obligado a enfrentarse a un pasado trágico que le llevó a separarse de su esposa Randi (Michelle Williams) y de la comunidad en la que nació y creció.

Es difícil contar una historia tan profundamente emotiva sin exaltar, en un momento u otro, la búsqueda del efecto que haga mella en el espectador, explotando la propensión a la lágrima como arma.

En 'Manchester frente al mar', un dramón con todas las letras, el exquisito y minimalista Kenneth Lonergan  huye del camino fácil, y explota la carga de profundidad dramática de la cinta desde la elegancia, la sobriedad, el realismo y la construcción cuidada  de todos y cada uno de sus personajes.

No hay giros imposibles, ni finales felices, ni redenciones a la carta que veamos venir a kilómetros.

El mejor papel en la variada (y fructífera) carrera de Casey Affleck se cimenta bajo la mirada de un hombre roto, hastiado de una vida que le dio y le quitó todo.
Una existencia que, diariamente, se construye bajo la culpabilidad del que no debería seguir vivo, del que siente que cada segundo que su respiración remueve el aire, es una espina clavada en su corazón hecho pedazos.

En 'Manchester frente al mar', la absurda realidad cotidiana se muestra tal cual es. Las relaciones interpersonales de Lee Chandler y el mundo que le rodea son tan creíbles, honestas y sentidas que es imposible no conectar (aunque al hacerlo sintamos la desolación de este pobre hombre) con él, preguntándonos una y otra vez si realmente verá la luz al final del túnel.

Hay heridas en la vida, que no curan.

Pérdidas irremplazables, que el tiempo solo matiza, sepulta, difumina hasta crear una realidad donde sentirnos menos destrozados, apaleados y permanentemente heridos.

Las pequeñas victorias, los tímidos pasitos hacia delante nos demuestran que Lonergan sabe muy bien cómo respiran los verdaderos seres humanos, tanto dentro como fuera de la gran pantalla.

'Manchester frente al mar' es una obra maestra, difícil de digerir por su condición de inapelable baño de realidad.

Pero si aguantamos el tipo y nos entregamos al viaje desde la oscuridad al claroscuro del protagonista, no encontraremos en la cartelera ninguna propuesta mejor en su género.

Ninguna más lúcida, honesta, entregada, desnuda, conmovedora y bella en su simplicidad arrolladora.

Con cada microexpresión del taciturno Affleck; con la amargura teñida de azul en sus ojos; con el humor sutil y desencantado; con la ira y la rabia siempre en conflicto, 'Manchester frente al mar' se hace tan grande y compleja como la vida misma, tan rebosante de virtudes y defectos, como un cielo tachonado de estrellas.

Un desgarrador canto a los recovecos de la vida, que se escucha y se siente despacio, con la quietud serena de un susurro de dolor y pérdida... pero también amor y esperanza.

Lo mejor: Casey Affleck y su sublime interpretación.


Lo peor: para llevarla en el corazón, hay que entregarse a un viaje difícil.

Por: Eduardo Bonafonte Serrano.

sábado, 4 de febrero de 2017

Críticas de Cine. 'Resident Evil. El capítulo final': Alice, la apisonadora

Póster en español de 'Resident Evil: el capítulo final'

La humanidad está agonizando tras la traición sufrida por Alice a manos de Wesker. Alice deberá regresar a donde la comenzó la pesadilla -Raccoon City-, ya que allí la Corporación Umbrella está reuniendo fuerzas antes de un último ataque a los últimos supervivientes del apocalipsis. En una carrera contra el tiempo, Alice tendrá que unir fuerzas con viejos y con un inesperado aliado en una batalla contra hordas de zombis y nuevos monstruos mutantes. Será la aventura más difícil de Alice para salvar a la humanidad, que está al borde de la extinción.

Si en algo acierta el 'último' capítulo de la franquicia basada en los videojuegos, frente a su competidora 'Underworld' y la fallida guerra de sangre, es en despojar de filosofía barata y trascendencia de baratillo el combate final entre la letal Alice y la malvada (y predecible, y petulante, y cansina) Corporación Umbrella, siendo plenamente consciente del por qué (y para qué) de su existencia.

Si la entrega anterior supuso el punto de calidad subterráneo de la franquicia, la presente recupera el pulso: arranca con un prólogo-resumen de lo acontecido y, sin más dilación, entra en sangrienta harina como altar al lucimiento atlético/militar/mamporrero de Milla Jovovich, que reparte a diestro y siniestro a todo bicho viviente (es un decir).

'Pantalla tras pantalla', enemigo tras enemigo, las explosiones, decapitaciones, desmembramientos y demás formas imaginativas de aniquilación explotan en una sucesión de set-pieces polvorientas, destartaladas y 'tecnogóticas' creadas para la ocasión, culminando en un final pretendidamente sorpresivo pero cantado 'a lo 3 tenores', para cualquier espectador con los ojos abiertos y un mínimo de rodaje en el mundillo del Blockbuster moderno.

La mejor baza de la cinta de Paul W.S. Anderson es no tomarse en serio a sí misma, ni pretenderlo.

El capítulo final es un bufé libre de fan service, donde el adicto videojueguil que muchos llevan dentro y el (bienvenido) escapista palomitero, se lo pasarán en grande.

Si este es el ocaso de la saga, resulta tan divertido como efímero.

No escribirá ninguna página en la historia del Séptimo Arte, pero tampoco engaña a nadie, pretendiendo dar más de lo que da: entretenimiento taquillero para que Alice (aledaños o semejantes), cual churro, siga pateando culos en el futuro.

No esperen más sesos que los desparramados por la carnaza zombi.

Si la idea es olvidarse de todo y gritar '1,2,3... ¡acción!', la masacre aprueba con nota.

Lo mejor: sincera, pura y simple inyección de adrenalina mononeuronal.

Lo peor: ¿algún día veremos a los malos pergeñando planes no estúpidos?

Por: Eduardo Bonafonte Serrano.